El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Esto empieza con unos versos. No hablo de este relato en particular, sino de la vida entera. Los versos son de Machado y dicen así:
Entre el vivir y el soñar,
hay una tercera cosa:
¡adivínala!
Todos hemos rozado esta «tercera cosa» alguna vez: hay un momento al despertar, justo antes de abrir los ojos, que se parece a la demencia senil: sabemos que estamos vivos, que algo nos palpita dentro, pero no sabemos nada más. No hay una palabra en español para nombrar a este desconcierto, por eso lo bauticé con dos, una en francés y la otra en alemán: petit alzheimer.
Me pasó por primera vez a los nueve años: me quedé a dormir en la casa de un amigo y cuando me desperté no reconocí la puerta, ni el olor de la cobija, ni el mes ni el año en el que estaba. La luz de la ventana me llegaba desde un ángulo infrecuente, los sonidos de la casa no eran familiares y no pude encontrar el ancla. Me gustó tanto ese rato de angustia, que en la adolescencia, empecé a buscarlo como quien busca, no a la novia, sino a la sensación del primer beso. Quise provocar que me pasara más seguido esa tercera cosa entre el vivir y el soñar. Adivínala, me decía Machado al oído: ¡Adivínala!