El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En general todo el mundo prefiere las respuestas a las preguntas, por eso se venden mejor los libros de autoayuda que las novelas de misterio. A las personas les da tanto miedo el petit alzheimer que necesitan salir enseguida de la duda: abren los ojos, enfocan, se incorporan… Yo debo tener algún trauma no resuelto, porque —al revés de lo esperable— disfruto de la sensación de no saber. O mejor dicho: de no querer saber. Con los años aprendí a estirar la duda, a permanecer quieto en las sábanas con los ojos dóciles, a no moverme ni tragar saliva, a no indagar el contexto, a no enfocar el techo para que la incertidumbre no se escape.
Descubrí que solamente puedo engañar al cerebro cuando me despierto en un lugar imprevisto. A veces me pasa en vacaciones, otras veces cuando me acuesto en la cama ajena de un hotel, e incluso en mi propia cama cuando abro los ojos en una posición extraña. Pero sobre todo me pasa cuando vuelvo de una siesta esponjosa.
Hay mecanismos simples para convocar a esta perplejidad. Por ejemplo, hacer la siesta en un lugar poco frecuente de la casa: el sofá de los invitados, un rincón con sombra del patio… Mi mujer a veces se inquieta cuando va a buscar su cartera y me encuentra durmiendo en el armario, acuclillado junto a los abrigos. «¿Qué haces ahí?», me dice, «¡Me vas a matar de un susto! ¿Por qué coño no duermes por la noche y en la cama, como todo Cristo?».