El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Yo le explico que estoy buscando la tercera cosa de Machado y que no es lo mismo dormir de noche que hacer la siesta, porque al sueño nocturno lo tenemos domesticado. Sabemos para qué sirve, a dónde está; nosotros lo buscamos y él aparece, leal y pesado como un San Bernardo. En cambio la siesta es una gata de angora: llega lánguida cuando se le antoja, prefiere los sofás más que las camas y actúa como si nos hiciera un favor. La siesta, sigilosa, es una gran compañera para alcanzar el petit alzheimer.
A mi hija también la incomodo a veces; sobre todo cuando vuelve de la escuela con amigas, para merendar, y me encuentra durmiendo la siesta en una colchoneta, debajo de la mesa de la cocina. Una tarde la escuché disculparse con sus compañeras de una manera que me tranquilizó:
«No os preocupéis», les dijo, «mi padre es un poco latinoamericano».
Más allá de eso, mi petit alzheimer no le hace mal a nadie. En la infancia, cuando este ruido blanco alcanzaba cinco segundos de duración, mis padres no se enteraban de nada. Después perfeccioné la técnica: en la adolescencia llegué a los quince segundos. Una mañana de la juventud estuve medio minuto —¡medio minuto!— sin saber quién era. Y a los treinta años, con mucha práctica, pude traspasar la frontera del minuto.