El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Era el primer domingo caluroso de diciembre y yo era feliz, o empezaba a ser feliz, cuando me ardió el centro del pecho. No era un dolor intenso, así que durante un rato elegí pensar que tenía acidez. En el fondo yo sabía que esos pinchazos estaban en el corazón y no en la barriga, pero es tan necesario negar la muerte cuando le ves el plumero, sospechar que las cosas extraordinarias de la vida nunca nos pasan a nosotros, que siempre al principio el infarto parece un poco ardor de estómago.
«¿Querés que llame a alguien?», me preguntaba Julieta, y yo le decía que no, que ya se me iba a pasar, mientras cruzaba los dedos para que no fuera lo peor. Es horrible que te dé un infarto y te mueras al principio de una relación con una mujer más joven, porque en el velorio todo el mundo piensa que te moriste de esfuerzo sexual. Es vano explicar que no, que en realidad estabas a punto de ver a Racing en el televisor, que habías comprado facturas y estabas vestido: siempre tu muerte será morbosa y tendrás, en el imaginario de tus deudos, el culo al aire.
Me bajó la presión de solo pensar en mi velorio. «¿Llamo a alguien? Ahora estás pálido».