El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Ella también cruzaba los dedos para que no fuera un infarto. Nos habíamos conocido pocos meses antes: posiblemente yo era una excentricidad en su vida, una especie de novio viejo pero simpático, pero no un novio muerto. Es muy feo ser una chica y que de repente una aventura sentimental se te convierta en un cuerpo gordo y rígido al que tenés que repatriar para que no se pudra.
Capaz que ella quería una relación de verano, un toco y me voy, una anécdota para contarle a sus amigos, y yo le estaba regalando la burocracia de meter un cadáver en el congelador del Buquebús.
¿Y a quién iba a llamar, ella, para avisar de mi muerte, si solamente Cristina sabía todo el asunto? Yo todavía no le había contado a nadie que me había separado. No lo sabían ni Chichita, ni mi hermana, ni Chiri. De hecho, pensaba esperar a fin de año para explicárselos. La única persona del mundo que sabía que yo estaba con Julieta era Cristina, pero no es recomendable llamar tan pronto a la exmujer de alguien para decir «mirá, te lo devuelvo porque se murió».
Entonces, de repente, el brazo izquierdo se me empezó a dormir y se acabaron todos los chistes. «Che, es un infarto», dije, y la respiración se me volvió muy fría. Julieta salió corriendo a buscar gente. Y entonces, justo ahí, en ese momento del domingo, me quedé solo con mi infarto.