El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Y lo dije dos veces más, en voz alta. «Infarto. Infarto». Y eso lo cambió todo, fue una especie de frontera. Porque mientras yo decía a los cuarenta años que me iba a morir a los cuarenta y cinco, era todo gracioso. Mientras fumaba como un escuerzo y sentía, por la noche, el silbido de la muerte en la garganta, la sensación de inmortalidad persistía en el fondo de mi juventud. Mientras yo comía grasas saturadas sin parar, los cuentos y las ideas seguían apareciendo en la cabeza. Incluso diez minutos antes, cuando mi boca decía «no es nada» o «ya va a pasar», mientras mi cabeza pensaba que podía ser una gastritis, yo todavía era el personaje de mis cuentos, un gordo gracioso que, sin haber hecho ningún esfuerzo, solía tener la suerte de su lado.
Pero desde que dije en voz alta «es un infarto» y Julieta se fue, desde que me quedé solo en la casa de huéspedes, me convertí en un hombre cualquiera que se muere sin nadie, me convertí en mi padre en su sillón después del tenis, en mi abuelo en su noche final de la clínica, en el mendigo que eterniza su apnea abajo de un puente; fui todos los hombres muertos que no tuvieron gente al lado.