El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Y si cuento la historia —si sigo siendo el personaje— es porque Julieta volvió con Javier y Alejandra, los anfitriones de la casa, y como pudieron me subieron a un auto. Salimos por una avenida llena de hinchas de Peñarol, y tuvimos la suerte de cruzarnos con un patrullero. Alejandra, que manejaba, sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo al policía: «Llevamos a un infartado, prendé la sirena y guianos al hospital». Al patrullero le giraron luces azules y rojas, como en una serie yanqui, y le brotó un aullido de urgencia que obligó al tráfico a abrirse como el mar Rojo. Yo miraba el camino con la presión en la mínima. Me di cuenta de que respirar me requería un esfuerzo enorme, y que si perdía el conocimiento mi cuerpo no podría hacerlo. Supe que no tenía que hacer literatura mental: nada de pensar tiernamente en mi hija, ni en mi vida anterior con nostalgia, porque si me emocionaba la energía de la respiración se disipaba.
Solamente había que respirar y llegar. Y no morir. Respirar y llegar. Y no morir. Si aparecía en una camilla todo iba a estar bien, porque lo único que hay que evitar en la vida es la frase «murió de camino al hospital». Es una frase muy fea.