El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Cuando leo en las revistas de divulgación que quizás un meteorito impacte contra la Tierra y nos destruya en el año 2213, casi nunca estoy de acuerdo con la primera persona del plural.
Nos destruya.
¿A quiénes? ¿A nosotros? Es improbable, porque todos ya vamos a estar muertos desde mucho antes. Todos nosotros: el becario que escribió el artículo; el jefe de sección que lo mandó a redactar; yo mismo, que leo aburrido la noticia en la peluquería; el peluquero, que se cree todo y después sufre; incluso la señora que espera el turno para hacerse el brushing. Todos vamos a estar muertos mucho antes de que pase la catástrofe.
El mundo nos pertenece, y pertenecemos a él, hasta la onda expansiva de ciertas fechas. Por fuera de ese límite, da lo mismo que el meteorito caiga en la Tierra o en Júpiter. ¿A quién le importa dónde se acaba la vida, si nadie estará ahí para morir por nosotros? Si no sentimos la mínima hermandad con los dinosaurios aniquilados en península de Yucatán hace sesenta millones de años, tampoco deberíamos sentir empatia por los pobres mamíferos que morirán aplastados en la próxima desgracia de piedra, aunque se llamen González y les guste el Nesquik.