El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Me sorprendió el silencio tras aquel gol de Raúl. ¿Cómo era posible que nadie haya gritado en un barrio tan populoso? En el complemento hubo un segundo gol de España: esta vez fue Valerón, desde el borde del área chica. Entonces afiné más el oído… y nada. Las calles seguían igual de silenciosas. Esta vez le adjudiqué el despropósito al horario: el Mundial asiático se jugaba a horas extrañas, bien podía ser que la gente se hubiera quedado dormida por falta de costumbre.
Pero entonces, casi al final del partido, pasó algo que no me voy a olvidar nunca. En el minuto ochenta y dos hubo una pared entre dos jugadores eslovenos. Carles Puyol quedó a contrapié y Cimirotic sacó un tiro seco, rastrero, al palo de Casillas. Antes de que la pelota tocara la red, antes de que los rivales supieran que habían achicado diferencia, la ciudad de Barcelona estalló de felicidad. No solo hubo gritos de gol desaforados. También hubo petardos, suelta de palomas, banderas flameantes y gente en pijamas que abrió las celosías de los balcones para desahogarse. Los eslovenos le habían hecho un gol a España, y para los catalanes eso era el principio de una fiesta que ocurría cada cuatro años. Cataluña no estaba dormida, no señor: estaba esperando para festejar el inicio de la clásica derrota española en cuartos.