El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Cuando les cuento esto a mis amigos argentinos, o peruanos, o mexicanos, creen que exagero. «¿De verdad hubo suelta de palomas?», me preguntan con el gesto desencajado. Yo bajo la vista, como los abuelos que le narran a los nietos historias de terror, y les digo que incluso en el Mundial 2010, cuando España se coronó en Sudáfrica con seis catalanes de nacimiento en el once inicial, hubo hordas de barceloneses que deseaban el triunfo holandés en la final. Y mis amigos uruguayos, costarricenses o ecuatorianos se asustan y dicen «ohhh», y a mí me dan ganas de ponerme una linterna en la barbilla para que directamente se mueran del susto.
Es muy difícil para nosotros, que somos hijos de países muy jóvenes, entender que el amor que cada sábado se le tiene a Xavi, o a Puyol, o a Busquets, no sea suficiente para querer que esos muchachos levanten una Copa del Mundo, solo porque la camiseta que llevan no es la ideológicamente correcta.
Entonces mis amigos me preguntan por qué ocurre esto. «¿Es económico el conflicto catalán?», quieren saber. «¿Es porque quieren pagar menos impuestos?», me preguntan. «¿Es verdad que el idioma catalán es igual que el castellano pero con una manzana en la boca?», me consultan.
Yo les cuento que hay muchas razones y que nadie sabe muy bien cuál de todas elegir.