El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Todos nosotros, los ricos y los pobres, los infelices y los distraídos, los occidentales e incluso los que tienen la suerte de usar túnica en verano, todos, sin que importe la raza o la elección sexual o el modelo del iPhone o el corte de pelo, ¡todos!, coleccionamos por la noche algunas cosas en la oscuridad de nuestra habitación.
—¿Sellos postales?
No… Estoy iniciando una metáfora: no se trata de cosas verdaderas como etiquetas de cerveza, ni sellos postales, ni púas de guitarristas famosos; son otras cosas.
—Ah, vale. Perdón.
Se trata de cosas pequeñitas, que a veces se pueden tocar y otras veces solamente se pueden evocar. Podría llamarles partes, ejemplares, muestras, fragmentos. O pequeños objetos. Pero prefiero decirles cosas, aunque a los profesores de literatura les parezca un sustantivo pobre. Son cosas propias, muy íntimas, que solamente nosotros sabemos cuánto esfuerzo nos cuesta traer a la oscuridad de la almohada, y con cuánto vicio buscamos durante el día.
Antes de ir a dormir sacamos de los bolsillos estas piezas (estas cosas) y las acomodamos en unas estanterías que están al costado de la cama.
—Al costado de la cama no tengo estanterías, tengo un póster del Real Madrid.