El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Esas estanterías también son metafóricas. Es necesario que el lector deje de pensar ahora mismo de forma lineal. De lo contrario va a ser muy complicado avanzar con esta idea.
—Ah, vale, vale. Perdón.
Las ponemos (a estas cosas) en nuestras estanterías metafóricas y las miramos: las equiparamos con otras muy parecidas que trajimos la noche anterior. Las sopesamos. A veces les comparamos el peso y la estatura. Y después suspiramos con alivio, porque nos encanta sacar de los bolsillos una o dos más cada noche.
—¿Son algo así como pelusa, o arena, que traemos de la calle?
No. No son pelusa ni arena, ni nada que haya realmente en los bolsillos. El hecho de sacar estas cosas de los bolsillos también es una idea simbólica.
—Pues entonces, tío, ponme un ejemplo porque no estoy entendiendo nada.
No importa qué son, pero daré una pista. Intente recordar el lector en qué piensa por la noche, qué lo desvela antes de dormir, y entonces tendrá una respuesta personal e intransferible a esa pregunta.
—Ajá —silencio duradero del lector—. Venga otra pista. Esa no ha funcionado.