El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Gracias a mi abuelo malo empecé a leer con ganas; porque en la infancia, y en la preadolescencia, la pasión por las cosas solamente te entra por las puertas del no.
—¡No toques eso!
—¡No hagas aquello!
Es por eso que ahora, que tengo una hija de once o doce años, no la vuelvo loca para que lea. Es un error.
Lo que hago es esconder a Borges en estantes inalcanzables, y meto a Edgar Allan Poe en cajones con llave. Y a los cronopios de Cortázar les pongo una cinta que dice «¡No tocar!».
Yo sé que ella, Nina, tarde o temprano se va a sentar sola en casa, en la ansiedad de su infancia, y va entrar como si nada en la clandestinidad.