El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Esto es grave: por primera vez en este siglo no estoy viendo la serie más vista, no me cautiva la aplicación más descargada, no me hace reír el video más divertido ni soy capaz de leer completa la noticia más leída. Comprendo la complejidad de la serie, la utilidad de la aplicación, la gracia del video y la importancia de la noticia. Pero ya no siento que sean para mí.
No es la rebeldía del que dice «no me gusta lo masivo»; ojalá fuera eso, porque allí anida un síntoma de juventud. Es lo contrario: es saber que la gente que está mejorando el mundo va a una velocidad que ya no puedo perseguir.
Mi hija ya no quiere ser personaje
Hay también una razón generacional. No hace mucho mi hija se ofendió conmigo por ventilar sus intimidades. Lo sospeché hace unos meses, cuando publiqué una conversación que habíamos mantenido y, en sus gestos, entreví que no le gustaba. Hace poco informé, con orgullo, que Nina leía mientras cagaba. Y esa fue la gota. Al día siguiente, con madurez y sin berrinches, me dijo: «No escribas más sobre mí, ya soy grande».
No me dolió el pedido; me entristeció que ya hubiéramos llegado a ese punto. Ella acaba de entrar a una época de privacidad y vergüenza de la que saldrá, si hay suerte, a los dieciocho. Tengo pensado anotar todas nuestras peleas y publicarlas cuando ella me lo permita.