El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Cuando leo me siento fragmentado
También hay motivos coyunturales. Algunas noches quisiera ser, de nuevo, el lector tranquilo que paladea un párrafo tras otro sin preguntarse nunca, a la mitad de una frase, si alguien ha logrado ser más cínico que ayer en Twitter. Y lo peor es que siento (ojalá sea un error) que a todo el mundo le pasa lo mismo. Temo que el que haya llegado a este párrafo ya esté pensando en otra cosa. ¿Habrá llegado el mail que esperaba? ¿Ya estará disponible el nuevo subtítulo de la serie de zombies? ¿Y si mientras estoy acá, leyendo a este gordo llorón, murió alguien importante y Twitter explota? Voy a ver. Tengo que ir a ver. En todo caso ya volveré más tarde.
Cuando escribo me siento insensato
En 1987 un amigo de mi viejo tocó el timbre de casa y pidió prestada la videocasetera. Ahora suena normal, pero entonces era un artefacto costoso. (Es como si hoy alguien nos pidiera prestado el iPhone durante unos días.) Le resultó muy incómodo a Roberto negarse. Más tarde, fastidiada, mi mamá resumió la personalidad del amigo en tres palabras: «Es un insensato».