El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Siento esa misma insensatez cuando publico un texto largo. Me da la impresión de que escribir más de cien palabras es demasiado pedir. Es requerir del otro una atención desbordada, es reclamarle tiempo y, sobre todo, concentración. El solo intento de sostener una idea prolongada, en mi cabeza, se convirtió en una pedantería.
Adopto costumbres de las que me burlaba
Otra razón es la paradoja del tiempo. Los que son jóvenes reciben la nueva fragmentación con naturalidad. Los que son viejos ya tomaron la decisión de no comprenderla. En cambio la generación intermedia, la mía, padece con mucha fuerza la contradicción. Hace un tiempo me burlaba de los contenidos que, para resultar atractivos, ofrecen títulos numéricos: «Las 27 maneras de…», «Las 12 cosas que…». Pero no es una moda pasajera: es una fórmula que nos calma. Nos ofrece la extensión de lo que vamos a leer y nos asegura párrafos moderados, para que en medio podamos desconcentrarnos en paz. Ya no me burlo de eso; caigo en la trampa.
Ya no es necesario ser el observador