Los trabajos y los días

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La mezquindad (87), sin limitación incluso, puede alcanzarse fácilmente: llana es la ruta, y muy cerca habita. Delante de la virtud, en cambio (88), pusieron el sudor los dioses inmortales: largo y abrupto, el sendero hacia ella—y duro al principio: mas, en cuando arriba llegas ¡qué fácil después resulta, por muy difícil que sea! (89).

He aquí el hombre en todo superior: quien, por sí solo, de todas las cosas se percata—con su inteligencia—de lo que en adelante y hasta el fin ha de ser lo mejor (90). Valioso es también aquel que obedece a quien bien le asesora. Pero, quien ni por sí solo se percata, ni, aunque a otros escuche, en su interior lo comprende, ese tal es ya hombre inútil (91).

Mas tú, recordando siempre nuestra admonición ¡ trabaja!, Perses, divino retoño (92), para que el hambre te odie, y te quiera en cambio la bien coronada Deméter augusta, e hinche de alimento tu cabana (93). Es el hambre habitual compañera del varón inactivo. Dioses y hombres se irritan con aquel que vive inactivo, semejante en su índole a los zánganos rabones (94), los que el fruto del afán de las abejas esquilman, devorándolo sin trabajar. A ti, por el contrario, séate grato atender a trabajos honestos, a fin de que con el anual alimento se hinchen tus cabanas (95).


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