Los trabajos y los días

Los trabajos y los días

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comiences la labranza, cuando, cogiendo en la mano la aijada, al extremo de la mancera, alcances el lomo de los bueyes que por la clavija del yugo van tirando del arado (147). Detrás de ti, que un mocito gañán, con una azada, procure fatiga a las aves, escondiendo semilla (148). El buen orden es lo más excelente para los mortales, el desorden, en cambio, funestísimo (149).

Así, con su pujanza las espigas se doblarán a tierra, si luego el propio Olímpico (150) les otorga un fin fecundo; desterrarás de las vasijas las telarañas. Y espero que tú goces cogiendo de un sustento que está dentro de casa. Boyante llegarás a la blanca primavera, y no habrás de dirigir tu mirada a los demás (151); de ti, por el contrario, otro hombre se verá necesitado.

Si en el solsticio (152) la tierra divina, sentado segarás, reuniendo poco en la mano; atando de frente (153), envuelto en polvo, sin alegría, llevarás las gavillas en un cesto; y pocos se quedarán mirándote.





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