Los trabajos y los días

Los trabajos y los días

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Y no llega con sus soplos a la doncellita de fina piel (174), la que dentro de casa, junto a su querida madre permanece, sin conocer aún los trabajos de la rica en oro—Afrodita (175)—. Despues de bañarse bien su tierno cuerpo y ungirlo con lustroso aceite, en plena intimidad va a acostarse en el hondón de su morada — un día invernal, cuando el pulpo (176) su tentáculo roe en frío cubil (177) y guaridas tristes : no tiene sol que le muestre el pasto sobre el que se lance, sino que aquel ahora gira (178) por cima del pueblo y ciudad de los hombres negros, y más tardíamente a los Griegos luce.

Y entonces, los silvestres astados y no astados, con lúgubre rechinar de dientes, escapan por tallares profundos (179).

Todos en sus mientes anidan un cuidado : dónde hallar el refugio que buscan, abrigados escondrijos, gruta entre rocas.

Entonces, sí, los mortales se parecen al viejo (180), de espalda corva y cabeza inclinada al suelo, y a semejanza de él 8

vagan eludiendo la nieve blanca


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