Los trabajos y los días

Los trabajos y los días

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He ahí el tiempo de vestirse algo que resguarde el cuerpo — como te indico — , una capa suave y una larga túnica; en cadena espaciada se teje tupida trama : con tal vestido debes envolverte, para que tus pelos no tiemblen ni se ericen, levantándose enhiestos por el cuerpo. En torno a los pies debes atar, bien ajustados, unos borceguíes de piel de buey sacrificado, forrándolos con fieltro por dentro.

Y cuando llegue el rigor invernal (182), de los primeros cabritos, cose pieles bien unidas con nervio de buey, para echártelas por la espalda, como un escudo contra la lluvia. Sobre la cabeza, te pondrás un píleo (183) confeccionado, a fin de que las orejas no se te empañen. Pues es fría la mañana, cuando azota el Norte (184); matinal, por la tierra, cayendo del cielo estrellado^ una niebla fructífera (185) se extiende por las labores de los afortunados: la que, nutriéndose de los ríos siempre fluyentes, elevada a lo alto, sobre la tierra, por borrasca de viento—unas veces provoca lluvia hacia la tarde, otras sopla en vendaval, mientras el tracio Bóreas empuja densos nubarrones.

Anticipándote a él, termina tu labor y a casa vuelve, no sea que un día, surgido del cielo, negro nubarrón te cubra todo y te deje mojado el cuerpo, empapándote por entero los vestidos.


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