El Eternauta
El Eternauta Juan intentó escapar. Corrió. Gritó. Luchó contra la lógica del lugar. Pero todo era inútil. El espacio se curvaba sobre sí mismo. Siempre volvía al mismo punto. Una especie de centro gravitacional simbólico. Su casa. La que alguna vez compartió con Elena y Martita.
—¡Devuélvanme con mi familia! —clamó, entre la rabia y la desesperación.
Una voz, dentro de su cabeza, respondió. No era lenguaje. Era una idea.
— Ya no existe lo que buscas. Solo existes tú.
Juan comprendió que había sido arrancado del flujo natural de la realidad. Estaba atrapado en una especie de experimento, un bucle, una trampa temporal.
Y entonces, algo sucedió.
Un destello. Una vibración. Una apertura en la materia. Juan lo sintió en los huesos. No fue una decisión lógica, fue instinto.
Saltó.
Atravesó la ruptura como quien salta de un tren en marcha. Sin garantías. Sin saber si sobreviviría. Sin saber si llegaría a algún lugar.
Y lo hizo.
Cayó. En otro tiempo. Otro espacio. Una Buenos Aires distinta. Más tranquila. Con luz. Sin nieve.