La IlÃada
La IlÃada 226 —¿Quién es ese otro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?
228 Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:
229 —Ése es el ingente Ayante, antemural de los aqueos. Al otro lado está Idomeneo, como un dios, entre los cretenses; rodéanlo los capitanes de sus tropas. Muchas veces Menelao, caro a Ares, lo hospedó en nuestro palacio cuando venÃa de Creta. Distingo a los demás aqueos de ojos vivos, y me serÃa fácil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo a dos caudillos de hombres, Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil, hermanos carnales que me dio mi madre. ¿Acaso no han venido de la amena Lacedemonia? ¿O llegaron en las naves, surcadoras del ponto, y no quieren entrar en combate para no hacerse partÃcipes de mi deshonra y de mis muchos oprobios?
243 Asà habló. A ellos la fértil tierra los tenÃa ya consigo, en Lacedemonia, en su misma patria.
243 Los heraldos atravesaban la ciudad con las vÃctimas para los divinos juramentos, los dos corderos, y el regocijador vino, fruto de la tierra, encerrado en un odre de piel de cabra. El heraldo Ideo llevaba además una reluciente crátera y copas de oro; y, acercándose al anciano, invitólo diciendo: