La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Flanqueada por dos doncellas y con el rostro cubierto por un velo resplandeciente, Penélope se detuvo ante una de las columnas principales. El bullicio cesó. Con voz frÃa y distante, lanzó su desafÃo: —Escuchadme, hombres que habéis invadido esta casa bajo la excusa de desposarme. Aquà tenéis el gran arco del divino Odiseo. Aquel que logre tensar su cuerda con mayor facilidad y dispare una flecha a través de los anillos de doce hachas alineadas, será mi nuevo esposo. Con él me iré, abandonando para siempre este palacio.
Eumeo y Filetio, al ver el arma de su señor, rompieron a llorar frente a todos, provocando la burla despectiva de AntÃnoo, quien los llamó rústicos llorones. Telémaco, en un arrebato de autoridad repentina, se quitó el manto púrpura y la espada. Tomó una pala y, calculando a la perfección, trazó un largo surco en la tierra compacta del salón. Alineó las doce hachas con una precisión geométrica que dejó a los presentes boquiabiertos. Luego, caminó hacia el umbral y tomó el arco. Tres veces intentó tensarlo, sus músculos temblando por el esfuerzo, y tres veces tuvo que desistir. A la cuarta vez, sintió que la madera cedÃa, estaba a punto de lograrlo, pero interceptó una mirada severa del mendigo que estaba sentado en el fondo. Odiseo le hizo un leve movimiento de cabeza. Telémaco, comprendiendo, soltó la tensión y fingió debilidad, invitando a los pretendientes a probar su fuerza.