La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Penélope abrió los ojos lentamente, con la mente nublada por un sueño profundo que Atenea le había infundido. Su primera reacción fue de un escepticismo gélido, moldeado por años de falsas esperanzas y embusteros. Acusó a la nodriza de haber perdido el juicio, de burlarse de su dolor interrumpiendo el único descanso verdadero que había tenido en años. Pero Euriclea insistió, jurando por su propia vida. Le habló del forastero andrajoso, de la matanza que ella misma había escuchado a través de las puertas cerradas, y de la cicatriz en la pierna que había reconocido al lavarlo. «¡Ve a verlo!», suplicó la anciana. «Está abajo, rodeado de cadáveres, cubierto de sangre y polvo como un león».
El corazón de Penélope dio un vuelco. Saltó de la cama y abrazó a la anciana, dejando que las primeras lágrimas asomaran, pero la duda, esa coraza que la había mantenido viva, volvió a cerrarse sobre ella. Si los pretendientes estaban muertos, concluyó, debía ser obra de un dios indignado por sus crímenes. Su Odiseo, insistió, había muerto lejos de allí.