La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida La furia encendió los ojos de Odiseo. Lo miró con una frialdad gélida. —Tienes un rostro hermoso, muchacho, pero tu mente está vacía. Tus palabras han despertado mi cólera.
Sin siquiera quitarse el manto, Odiseo avanzó hacia el área de lanzamiento, tomó un disco de piedra enorme, mucho más pesado y grueso que cualquiera de los que usaban los feacios, y, con un giro violento de su brazo, lo arrojó al aire. La piedra cortó el viento con un silbido aterrador. Los feacios, jactanciosos marineros, tuvieron que agacharse al sentir la inmensa fuerza del lanzamiento. El disco cayó muchísimo más lejos que cualquier otra marca anterior. Atenea, disfrazada de juez humano, señaló el impacto y confirmó que nadie podría superarlo.
Con la sangre hirviendo, Odiseo se plantó en el centro del estadio y lanzó un desafío abierto. Retó a cualquier feacio a enfrentarse a él en boxeo, lucha o carrera —excepto a su anfitrión, Laodamante— advirtiendo que, si alguien lo intentaba, conocería el sabor de la muerte, pues él era un maestro con el arco y la lanza. El silencio fue absoluto. Nadie se atrevió a dar un paso al frente. Alcínoo, interviniendo para salvar el orgullo de su pueblo y calmar al guerrero, admitió que los feacios no eran los mejores luchadores, pero sí los más veloces navegantes y los más gráciles bailarines.