La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida La luz pálida del amanecer apenas despuntaba sobre las colinas cuando el silencio de la majada se vio interrumpido por el crujir de unas pisadas. En el interior de la cabaña, Odiseo y Eumeo preparaban el desayuno tras haber despedido a los pastores. De pronto, los feroces mastines, que normalmente habrían desgarrado a cualquier intruso, no ladraron; corrieron hacia la puerta moviendo la cola con una alegría inusual. Odiseo, siempre alerta, captó el sonido de los pasos y la reacción de los animales. «Eumeo», murmuró, «alguien se acerca. Debe ser un amigo, pues tus perros no ladran, sino que festejan».
No había terminado de pronunciar la frase cuando la figura de Telémaco se recortó en el umbral. A Eumeo se le cayeron de las manos los cuencos en los que mezclaba el vino oscuro. Corrió hacia el joven príncipe con el rostro bañado en lágrimas, besándole la cabeza, los ojos y las manos. Era el abrazo desesperado de un padre que recibe al hijo unigénito al que creía muerto tras una década de ausencia. «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz!», sollozó el porquerizo. «No pensé volver a verte desde que zarpaste hacia Pilos». Telémaco, sonriendo con ternura, le pidió noticias de su madre, asegurándose de que aún no había cedido a la presión de los invasores de su palacio.
