La Odisea - Versión Resumida
La Odisea - Versión Resumida Cuando el príncipe cruzó el umbral, Odiseo, envuelto en sus sucios andrajos, hizo ademán de cederle su asiento. Pero la nobleza del muchacho se impuso: «Quédate, forastero. Encontraremos otro lugar». Compartieron los restos de carne asada y el vino dulce. Telémaco, abrumado por sus propios problemas, escuchó la historia inventada del mendigo y confesó su impotencia. No podía llevar al forastero al palacio; la crueldad de los pretendientes era excesiva, y él, siendo joven y sin apoyo, no podía garantizar su seguridad. Odiseo, escuchando las penurias de su propio hijo, sintió que la sangre le hervía. Con voz áspera, fingiendo ser solo un viejo vagabundo, declaró que preferiría morir luchando en su propio salón antes que tolerar tanta infamia, si él fuera el hijo de Odiseo o el mismísimo rey.