La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Mientras tanto, el canto de Femio sobre el trágico regreso de los griegos desde Troya llegó a oídos de Penélope. La reina bajó por la gran escalera, con el rostro cubierto por un velo y los ojos llenos de lágrimas, rogándole al músico que detuviera esa melodía que le destrozaba el corazón al recordarle a su esposo. Para sorpresa de todos, Telémaco intervino con una autoridad inédita. Le dijo a su madre que el bardo no tenía la culpa de las desgracias, sino Zeus, y le ordenó volver a su habitación a ocuparse del telar y la rueca, afirmando que él era ahora quien tenía el mando en la casa. Penélope, atónita ante la firmeza de su hijo, se retiró a sus aposentos, donde lloró por Odiseo hasta quedarse profundamente dormida. Telémaco se enfrentó entonces a los pretendientes, exigiéndoles que cesaran sus gritos y anunciando que al día siguiente los expulsaría formalmente en el ágora. Les advirtió que invocaría a los dioses para que su destrucción quedara impune si no se marchaban. Antínoo y Eurímaco, líderes del grupo, le respondieron con altanería, intentando averiguar la identidad del misterioso visitante que acababa de irse. Telémaco mintió, afirmando que había perdido la esperanza del retorno de su padre y ocultando que sabía que su huésped era inmortal. Al caer la noche, se retiró a su habitación, escoltado por la leal y anciana Euriclea, y bajo una piel de oveja pasó la noche meditando su inminente viaje.
