La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida Al despuntar el alba, Telémaco se vistió, se colgó la aguda espada al hombro y se dirigió a la plaza pública acompañado por sus rápidos perros, irradiando una gracia divina que dejó a todos asombrados. El anciano Egiptio, todavía de luto por el hijo que había perdido a manos del salvaje Cíclope, abrió la sesión preguntando quién los había convocado. Telémaco tomó el cetro y expuso su doble tragedia: la pérdida de su excelente padre y la plaga de hombres que devoraban sus ovejas y bueyes mientras acosaban a su madre. Consumido por la impotencia y la rabia ante la pasividad de su pueblo, arrojó el cetro al suelo derramando amargas lágrimas, provocando un tenso silencio en la multitud.
Antínoo, incapaz de sentir empatía, rompió la quietud para culpar a Penélope. Reveló ante todos la brillante estrategia de la reina: durante tres años había prometido elegir esposo al terminar un sudario para Laertes, tejiendo pacientemente de día y destejiéndolo en secreto por la noche bajo la luz de las antorchas. Antínoo exigió que Telémaco enviara a su madre de vuelta a la casa de su abuelo para ser casada a la fuerza, amenazando con seguir devorando sus riquezas si ella continuaba dilatando la decisión. Telémaco se negó rotundamente a echar a la mujer que lo crió, advirtiendo que los dioses y las furias castigarían tal iniquidad.