La Odisea - versión resumida

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Al llegar a las puertas de su propia casa, el sonido de la lira de Femio llegó hasta sus oídos. Pero antes de cruzar el umbral, una escena le partió el alma. Tumbado sobre un montón de estiércol de mula, devorado por las garrapatas y la debilidad, se encontraba Argos. Era el perro que Odiseo había criado con sus propias manos antes de partir hacia Troya, en otro tiempo el cazador más rápido y temible de la isla. Ahora, viejo y abandonado por las siervas, Argos percibió la presencia de su amo. Ya no tenía fuerzas para levantarse, pero movió débilmente la cola y dejó caer las orejas. Odiseo giró el rostro y se enjugó una lágrima furtiva, disimulando ante Eumeo. Tras veinte años de espera, y habiendo visto por última vez a su señor, la oscuridad de la muerte cerró los ojos del fiel Argos.

Odiseo entró en su salón. El lugar de su antigua gloria era ahora un festín de usurpadores. Telémaco, fingiendo indiferencia, le envió un trozo de carne y pan, ordenándole que mendigara por las mesas. Odiseo se acercó a cada noble, extendiendo la mano para poner a prueba sus corazones. Todos le daban algún mendrugo, intrigados por su aspecto, hasta que llegó frente a Antínoo. Melantio lo delató, y Antínoo, furioso por la presencia de otra «peste» en el banquete, se negó a darle de la comida que ni siquiera era suya.


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