La Odisea - versión resumida

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Odiseo aceptó el reto, no sin antes hacer jurar a los nobles que no intervendrían para favorecer a su oponente. Cuando el rey de Ítaca se ciñó los harapos a la cintura, dejando al descubierto unos muslos masivos, un pecho ancho y unos brazos esculpidos por décadas de guerra y remo, el ambiente cambió drásticamente. El terror paralizó a Iro. Los sirvientes tuvieron que empujarlo a la fuerza hacia el centro del círculo. Odiseo, calculando fríamente sus movimientos para no delatar su verdadera identidad, decidió no matarlo de un solo golpe. Lanzó un puñetazo seco y preciso a la mandíbula de Iro, destrozándole el hueso. El gigante de barro se desplomó escupiendo sangre y pataleando en el polvo. Odiseo lo arrastró por un pie hasta el patio, apoyándolo contra el muro de piedra, ante las risas histéricas y los aplausos de los pretendientes.

Tras la pelea, Anfínomo, uno de los nobles con mejor disposición, le ofreció pan y vino. Odiseo, sintiendo una punzada de piedad por él, le lanzó una advertencia sombría: le recordó lo frágil que es la fortuna humana y le aseguró que el verdadero dueño de la casa estaba a punto de regresar, trayendo consigo un baño de sangre. Le aconsejó que huyera mientras pudiera. Anfínomo regresó a su asiento con el corazón encogido, presintiendo la fatalidad, pero ya estaba marcado por la muerte; Atenea había decidido que caería bajo la lanza de Telémaco.


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