La Odisea - versión resumida
La Odisea - versión resumida La tensión en el salón tomó un giro inesperado cuando Penélope decidió descender. Atenea la había sumido en un breve sueño, bañando su rostro en una belleza casi sobrenatural, haciéndola lucir más alta y radiante que el mismo marfil. Al entrar, la sala quedó sumida en un silencio reverencial; las rodillas de los hombres temblaron de deseo. Con una autoridad implacable, Penélope reprendió a su hijo por permitir que un huésped fuera humillado de tal forma bajo su techo. Luego, dirigiéndose a los pretendientes, les recriminó su actitud parasitaria. Les recordó que los verdaderos nobles cortejan a una mujer trayendo sus propios rebaños y ofreciendo regalos valiosos, no devorando la casa ajena. Los pretendientes, embelesados y avergonzados, ordenaron de inmediato a sus sirvientes que trajeran cofres con túnicas, collares de oro y ámbar, y joyas resplandecientes. Desde su rincón, Odiseo sonreía en silencio, maravillado por la astucia de su esposa, que lograba exprimir las riquezas de sus enemigos mientras su corazón seguía siendo fiel a él.