La Odisea
La Odisea 722 —OÃdme, amigas; pues que el OlÃmpico me ha dado más pesares que a ninguna de las que conmigo nacieron y se criaron: anteriormente perdà un egregio esposo que tenÃa el ánimo de un león y descollaba sobre los dánaos en toda clase de excelencias, varón ilustre cuya fama se difundÃa por la Hélade y en medio de Argos; y ahora las tempestades se habrán llevado del palacio a mi hijo querido, sin gloria y sin que ni siquiera me enterara de su partida. ¡Crueles! ¡A ninguna de vosotras le vino a las mientes hacerme levantar de la cama, y supisteis con certeza cuando aquél se fue a embarcar en la cóncava y negra nave! Pues, a llegar a mis oÃdos que proyectaba ese viaje quedárase en casa, por deseoso que estuviera de partir, o me hubiese dejado muerta en el palacio. Vaya alguna a llamar prestamente al anciano Dolio, mi esclavo, el que me dio mi padre cuando vine aquà y cuida de mi huerto poblado de muchos árboles, para que corra en busca de Laertes y se lo cuente todo; por si Laertes, ideando algo, sale a quejarse de los ciudadanos que desean exterminar el linaje, el de Odiseo igual a un dios.