La Odisea

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742 Díjole entonces Euriclea, su nodriza amada: —¡Niña querida! Ya me mates con el cruel bronce, ya me dejes viva en el palacio, nada te quiero ocultar. Yo lo supe todo y di a Telémaco cuanto me ordenó —pan y dulce vino—, pero me hizo prestar solemne juramento de que no te lo dijese hasta el duodécimo día o hasta que te aquejara el deseo de verlo u oyeras decir que había partido, a fin de evitar que lloraras, dañando así tu hermoso cuerpo. Mas ahora, sube con tus esclavas a lo alto de la casa, lávate, envuelve tu cuerpo en vestidos puros, ora a Atenea, hija de Zeus que lleva la égida, y la diosa salvará a tu hijo de la muerte. No angusties más a un anciano afligido, pues yo no creo que el linaje del Arcesíada les sea odioso hasta tal grado a los bienaventurados dioses; sino que siempre quedará alguien que posea la casa de elevada techumbre y los extensos y fértiles campos.

758 Así le dijo y calmóle el llanto, consiguiendo que sus ojos dejaran de llorar. Lavóse Penelopea, envolvió su cuerpo en vestidos puros, subió con las esclavas a lo alto de la casa, puso la mola en un cestillo, y oró de este modo a la diosa Atenea:

762 —¡Oyeme, hija de Zeus que lleva la égida, Indómita! Si alguna vez el ingenioso Odiseo quemó en tu honor, dentro del palacio pingües muslos de buey o de oveja; acuérdate de ellos, sálvame el hijo amado y aparta a los perversos y ensoberbecidos pretendientes.


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