La Odisea
La Odisea 787 Mientras tanto, la prudente Penelopea yacía en el piso superior y estaba en ayunas, sin haber comido ni bebido, pensando siempre en si su intachable hijo escaparía de la muerte o sucumbiría a manos de los orgullosos pretendientes. Y cuantas cosas piensa un león al verse cercado por multitud de hombres que forman a su alrededor insidioso círculo, otras tantas revolvía Penelopea en su mente, cuando le sobrevino el dulce sueño. Durmió recostada, y todos sus miembros se relajaron.
795 Entonces Atenea, la de ojos de lechuza, ordenó otra cosa. Hizo un fantasma parecido a una mujer, a Iftima, hija del magnánimo Icario, con la cual estaba casado Eumelo, que tenía su casa en Feras; y enviólo a la morada del divinal Odiseo, para poner fin de algún modo al llanto y a los gemidos de Penelopea, que se lamentaba sollozando. Entró, pues, deslizándose por la correa del cerrojo, se le puso sobre la cabeza y díjole estas palabras:
804 —¿Duermes, Penelopea, con el corazón afligido? Los dioses, que viven felizmente, no te permiten llorar ni angustiarte; pues tu hijo aún ha de volver, que en nada pecó contra las deidades.
808 Respondióle la prudente Penelonea desde las puertas del sueño, donde estaba muy suavemente dormida: