La Odisea
La Odisea 192 Cuando asà hubo hablado, la divina entre las diosas echó a andar aceleradamente y Odiseo fue siguiendo las pisadas de la deidad. Llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón, éste se acomodó en la silla de donde se habÃa levantado Hermes, y la ninfa sirvióle toda clase de alimentos, asà comestibles como bebidas, de los que se mantienen los mortales hombres. Luego sentóse ella enfrente del divino Odiseo, y sirviéronle las criadas ambrosÃa y néctar. Cada uno echó mano a las viandas que tenÃa delante; y, apenas se hubieron saciado de comer y de beber, Calipso, la divina entre las diosas, rompió el silencio y dijo:
203 —¡LaertÃada del linaje de Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! AsÃ, pues, ¿deseas irte en seguida a tu casa y a tu patria tierra? Sé, esto no obstante, dichoso. Pero si tu inteligencia conociese los males que habrás de padecer fatalmente antes de llegar a tu patria, te quedaras conmigo, custodiando esta morada, y fueras inmortal, aunque estés deseoso de ver a tu esposa, de la que padeces soledad todos los dÃas. Yo me jacto de no serle inferior ni en el cuerpo ni en el natural, que no pueden las mortales competir con las diosas ni por su cuerpo ni por su belleza.