La Odisea
La Odisea 356 —¡Ay de mi! No sea que alguno de los mortales me tienda un lazo, cuando me da la orden de que desampare la balsa. No obedeceré todavÃa, que con mis ojos veo que está muy lejana la tierra donde, según afirman, he de hallar refugio; antes procederé de esta suerte por ser, a mi juicio, lo mejor: mientras los maderos están sujetados por las clavijas, seguiré aquà y sufriré los males que haya de padecer, y luego que las olas deshagan la balsa me pondré a nadar; pues no se me ocurre nada más provechoso.
365 Tales cosas revolvÃa en su mente y en su corazón, cuando Poseidón, que sacude la tierra, alzó una oleada tremenda, difÃcil de resistir, alta como un techo, y empujóla contra el héroe. De la suerte que impetuoso viento revuelve un montón de pajas secas, dispersándolas por este y por el otro lado; de la misma manera desbarató la ola los grandes leños de la balsa. Pero Odiseo asió una de las tablas y se puso a caballo en ella; desnudóse los vestidos que la divinal Calipso le habÃa regalado, extendió prestamente el velo debajo de su pecho y se dejó caer en el agua boca abajo, con los brazos abiertos, deseoso de nadar. Vióle el poderoso dios que sacude la tierra y, moviendo la cabeza, habló de semejante modo: