La Odisea
La Odisea 252 Al séptimo subimos a los barcos y, partiendo de la espaciosa Creta, navegamos al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, con igual facilidad que si nos llevara la corriente. Ninguna de las naves recibió daño y todos estábamos en ellas sanos y salvos, pues el viento y los pilotos las conducían. En cinco días llegamos al río Egipto, de hermosa corriente, en el cual detuve las corvas naves. Entonces, después de mandar a los fieles compañeros que se quedasen a custodiar las embarcaciones, envié espías a los lugares oportunos para explorar la comarca. Pero los míos, cediendo a la insolencia por seguir su propio impulso, empezaron a devastar los hermosos campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban muerte a los varones. No tardó el clamoreo en llegar a la ciudad. Sus habitantes, habiendo oído los gritos, vinieron al amanecer: el campo se llenó de infantería, de caballos y de reluciente bronce; Zeus, que se huelga con el rayo, envió a mis compañeros la perniciosa fuga; y ya, desde aquel momento, nadie se atrevió a resistir, pues los males nos cercaban por todas partes. Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y a otros se los llevaron vivos para obligarles a trabajar en pro de los ciudadanos. A mí el mismo Zeus púsome en el alma esta resolución —ojalá me hubiese muerto entonces y se hubiera cumplido mi hado allí, en Egipto, pues la desgracia tenía que perseguirme aún— al instante me quité de la cabeza el bien labrado yelmo y de los hombros el escudo, arrojé la lanza lejos de las manos y me fui hacia los corceles del rey, a quien abracé por las rodillas, besándoselas. El rey me protegió y salvó; pues haciéndome subir al carro en que iba montado me condujo a su casa, mientras mis ojos despedían lágrimas. Acometiéronme muchísimos con sus lanzas de fresno e intentaron matarme porque estaban muy irritados; pero aquél los apartó temiendo la cólera de Zeus hospitalario, el cual se indigna en gran manera por las malas acciones.