La Odisea
La Odisea 381 —¡Oh dioses! ¡Cómo, niño aún, oh porquerizo Eumeo, tuviste que vagar tanto y tan lejos de tu patria y de tus padres! Mas, ea, dime, hablando sinceramente, si fue destruida la ciudad de anchas calles en que habitaban tu padre y tu venerada madre; o sÃ, habiéndote quedado solo junto a las ovejas o junto a los bueyes, hombres enemigos te echaron mano y te trajeron en sus naves para venderte en la casa de este varón que les entregó un buen precio.
389 DÃjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores:
390 —¡Huésped! Ya que sobre esto me preguntas e interrogas, óyeme en silencio, y recréate, sentado y bebiendo vino. Estas noches son inmensas, hay en ellas tiempo para dormir y tiempo para deleitarse oyendo relatos, y a ti no te cumple irte a la cama antes de la hora, puesto que daña el dormir demasiado. De los demás, aquél a quien el corazón y el ánimo se lo aconseje, salga y acuéstese; y, no bien raye el dÃa, tome el desayuno y váyase con los puercos de su señor. Nosotros, bebiendo y comiendo en la cabaña, deleitémonos con renovar la memoria de nuestros tristes infortunios, pues halla placer en el recuerdo de los trabajos sufridos quien padeció muchÃsimo y anduvo errante largo tiempo. Voy, pues, a hablarte de lo que me preguntas e interrogas.