La Odisea

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403 Hay una isla que se llama Siria —quizá la oíste nombrar— sobre Ortigia, donde el sol hace su vuelta: no está muy poblada, pero es fértil y abundosa en bueyes, en ovejas, en vino y en trigales.

407 Jamás se padece hambre en aquel pueblo y ninguna dolencia aborrecible les sobreviene a los míseros mortales: cuando en la ciudad envejecen los hombres de una generación, preséntanse Apolo, que lleva arco de plata, y Artemis, y los van matando con suaves flechas. Hay en la isla dos ciudades, que se han repartido todo el territorio, y en ambas reinaba mi padre, Ctesio Orménida, semejante a los inmortales.

415 Allí vinieron unos fenicios, hombres ilustres en la navegación, pero falaces, que traían innúmeros joyeles en su negra nave. Había entonces en casa de mi padre una mujer fenicia, hermosa, alta y diestra en espléndidas labores; y los astutos fenicios la sedujeron. Uno, que la encontró lavando, unióse con ella junto a la cóncava nave, con amor y concúbito, lo cual les turba la razón a las débiles mujeres, aunque sean laboriosas. Preguntóle luego quien era y de dónde había venido; y la mujer, señalándole al punto la alta casa de mi padre, le respondió de esta guisa:


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