La Odisea
La Odisea 69 —¡Eumeo! En verdad que me causa gran pena lo que has dicho. ¿Cómo acogeré en mi casa al forastero? Yo soy joven y no tengo confianza en mis manos para rechazar a quien lo injurie; y mi madre trae en su pecho el ánimo indeciso entre quedarse a mi lado y cuidar de la casa, por respeto al lecho conyugal y temor del dicho de la gente, o irse con quien sea el mejor de los aqueos, que la pretenden en el palacio y le haga más donaciones.
78 Pero, ya que ese huésped llegó a tu morada, le entregaré un manto y una túnica, vestidos muy hermosos le daré una espada de doble filo y sandalias para los pies y le enviaré adonde su corazón y su ánimo prefieran. Y si quieres, cuÃdate de él teniéndolo en la majada; que yo te enviaré vestidos y manjares de toda especie para que coma y no os sea gravoso ni a ti ni a tus compañeros. Mas, no he de permitir que vaya allá, a juntarse con los pretendientes, cuya malvada insolencia es tan grande, para evitar que lo zahieran y me causen un grave disgusto, pues un hombre, por fuerte que sea, nada consigue revolviéndose contra tantos, que al fin son mucho más poderosos.
90 DÃjole entonces el paciente divinal Odiseo:
91 —¡Oh amigo! Puesto que es justo que te responda, se me desgarra el corazón cuando te oigo hablar de las iniquidades que, según decÃs, maquinan los pretendientes en el palacio, contra tu voluntad y siendo cual eres.