La Odisea
La Odisea 150 Asà dijo; y ella sintió que en el pecho se le conmovÃa el corazón. Entonces TeoclÃmeno, semejante a un dios le dijo de esta suerte:
152 —¡Oh veneranda esposa de Odiseo LaertÃada! Aquél nada sabe con claridad; pero oye mis palabras, que yo te haré un vaticinio cierto y no he de ocultarte cosa alguna. Sean testigos primeramente Zeus entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del intachable Odiseo a que he llegado, de que el héroe ya se halla en su patria tierra, sentado o moviéndose; tiene noticia de esas inicuas acciones, y maquina males contra todos los pretendientes. Tal augurio observé desde la nave de muchos bancos, como se lo dije a Telémaco.
162 Respondióle la discreta Penelopea:
163 —Ojalá se cumpliese lo que dices, oh forastero, que bien pronto conocerÃas mi amistad; pues te harÃa tantos presentes que te considerarÃa dichoso quien contigo se encontrase.
166 Asà éstos conversaban. En tanto divertÃanse los pretendientes, delante del palacio de Odiseo, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento donde acostumbraban hacer sus insolencias. Mas cuando fue hora de cenar y vinieron de todos los campos reses conducidas por los pastores que solÃan traerlas, dijo Medonte, el heraldo que más grato les era a los pretendientes y a cuyos banquetes asistÃa.