La Odisea
La Odisea 112 —¡Padre Zeus que imperas sobre los dioses y sobre los hombres! Has enviado un fuerte trueno desde el cielo estrellado y no hay nube alguna; indudablemente es una señal que haces a alguien. Cúmplame ahora también a mi, a esta mÃsera, lo que te voy a pedir: tomen hoy los pretendientes por última y postrera vez la agradable comida en el palacio de Odiseo; y, ya que hicieron flaquear mis rodillas con el penoso trabajo de fabricarles harina, sea también esta la última vez que cenen.
120 Asà se expresó; y holgóse el divinal Odiseo con el presagio y el trueno enviado por Zeus, pues creyó que podÃa castigar a los culpables.
122 Las demás esclavas, juntándose en la bella mansión de Odiseo, encendÃan en el hogar el fuego infatigable. Telémaco, varón igual a un dios, se levantó de la cama, vistióse, colgó del hombro la aguda espada ató a sus nÃtidos pies hermosas sandalias y asió la fuerte lanza de broncÃnea punta.
128 Salió luego y, parándose en el umbral, dijo a Euriclea:
129 —¡Ama querida! ¿Honrasteis al huésped dentro de la casa, dándole lecho y cena, o yace por ahà sin que nadie le cuide? Pues mi madre es tal, aunque discreción no le falta, que suele honrar inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y despedir sin honra alguna al que más vale.
134 Respondióle la prudente Euriclea: