La Odisea

La Odisea

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199 —¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te abruman tantos males. ¡Oh, padre Zeus! No hay dios más funesto que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, a pesar de haberlos criado, los entregas al infortunio y a los tristes dolores. Desde que te vi, empecé a sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas, acordándome de Odiseo, porque me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con unos andrajos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre del sol. Y si ha muerto y está en la morada de Hades, ¡ay de mi, a quien, desde niño, puso el intachable Odiseo al frente de sus vacadas en el país de los cefalenos! Hoy las vacas son innumerables y a ningún hombre podría crecerle más el ganado vacuno de ancha frente, pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas para comérselas, y no se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de las deidades, pues ya desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia se hace tan larga. Muy a menudo mi ánimo revuelve en el pecho estas ideas: muy malo es que en vida del hijo me vaya a otro pueblo, emigrando con las vacas hacia los hombres de un país extraño; pero se me hace más duro quedarme, guardando las vacas para otros y sufriendo pesares. Y mucho ha que me habría ido a refugiarme cerca de alguno de los prepotentes reyes, porque lo de acá ya no es tolerable; pero aguardo aún a aquel infeliz, por si, viniendo de algún sitio, dispersa a los pretendientes que están en el palacio.


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