La Odisea

La Odisea

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226 Respondióle el ingenioso Odiseo:

227 —¡Boyero! Como no me pareces ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy a decirte una cosa que afirmaré con solemne juramento: «Sean testigos primeramente Zeus entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del intachable Odiseo a que he llegado, de que Odiseo vendrá a su casa estando tú en ella; y podrás ver con tus ojos, si quieres, la matanza de los pretendientes que hoy señorean en el palacio.»

235 Díjole entonces el boyero:

236 —¡Forastero! Ojalá el Cronión llevara a cumplimiento cuanto dices, que no tardarías en conocer cual es mi fuerza y de qué brazos dispongo.

238 Eumeo suplicó asimismo a todos los dioses que el prudente Odiseo volviera a su casa.

240 Así éstos conversaban. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco la muerte y el destino, cuando de súbito apareció una ave a su izquierda, un águila altanera, con una tímida paloma entre las garras. Y Anfínomo les arengó diciendo:

245 —¡Oh, amigos! Esta trama —la muerte de Telémaco— no tendrá buen éxito para nosotros; pero pensemos ya en la comida.


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