La Odisea

La Odisea

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247 Así se expresó Anfínomo, y a todos les plugo lo que dijo. Volviendo, pues, al palacio del divinal Odiseo, dejaron sus mantos en sillas y sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca; pusieron al fuego y distribuyeron más tarde las asaduras, mezclaron el vino en las crateras; y el porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de los pastores, repartióles el pan en hermosos canastillos; y Melantio les escanciaba el vino. Y todos metieron mano en las viandas que tenían delante.

257 Telémaco, con astuta intención, hizo sentar a Odiseo dentro de la sólida casa, junto al umbral de piedra, donde le había colocado una pobre silla y una mesa pequeña; sirvióle parte de las asaduras, escancióle vino en una copa de oro y le habló de esta manera:

262 —Siéntate aquí, entre estos varones, y bebe vino. Yo te libraré de las injurias y de las manos de todos los pretendientes; pues esta casa no es pública, sino de Odiseo, que la adquirió para mí. Y vosotros, oh pretendientes, reprimid el ánimo y absteneos de las amenazas y de los golpes, para que no se arme disputa ni altercado alguno.

268 Así se expresó, y todos se mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia.

270 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, dijo de esta suerte:


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