La Odisea

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271 —¡Aqueos! Cumplamos, aunque es dura, la orden de Telémaco, que con tono tan amenazador acaba de hablarnos. No lo ha querido Zeus Cronión; pues, de otra suerte, ya le habríamos hecho callar en el palacio, aunque sea arengador sonoro.

275 Así habló Antínoo; pero Telémaco no hizo caso de sus palabras. En esto, ya los heraldos conducían por la ciudad la sacra hecatombe de las deidades; y los melenudos aqueos se juntaban en el bosque consagrado a Apolo, el que hiere de lejos.

279 No bien los pretendientes hubieron asado los cuartos delanteros, retiráronlos de la lumbre dividiéndolos en partes, y celebraron un gran banquete. A Odiseo sirviéronle los que en esto se ocupaban, una parte tan cumplida como la que a ellos mismos les cupo en suerte; pues así lo ordenó Telémaco, el hijo amado del divino Odiseo.

284 Tampoco dejó entonces Atenea que los ilustres pretendientes se abstuvieran totalmente de la dolorosa injuria, a fin de que el pesar atormentara aun más el corazón de Odiseo Laertíada. Hallábase entre ellos un hombre de ánimo perverso, llamado Ctesipo, que tenía su morada en Same, y, confiando en sus posesiones inmensas, solicitaba a la esposa de Odiseo ausente a la sazón desde largo tiempo.

291 Este tal dijo a los ensoberbecidos pretendientes:


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