La Odisea
La Odisea 167 Y AntÃnoo le increpó, diciéndole de esta suerte:
168 —¡Leodes! ¡Qué palabras tan graves y molestas se te escaparon del cerco de los dientes! Me indigné al oÃrlas. Dices que este arco privará del ánimo y de la vida a los prÃncipes, tan sólo porque no puedes armarlo. No te parió tu madre veneranda para que entendieses en manejar el arco y las saetas; pero verás cómo lo tienden muy pronto otros ilustres pretendientes.
175 Asà le dijo, y al punto dio al cabrero Melantio la siguiente orden:
176 —Ve Melantio, enciende fuego en la sala, coloca junto al hogar un sillón con una pelleja y trae una gran bola de sebo del que hay en el interior, para que los jóvenes, calentando el arco y untándolo con grasa, probemos de armarlo y terminemos este certamen.
181 Asà dijo. Melantio se puso inmediatamente a encender el fuego infatigable, colocó junto al mismo un sillón con una pelleja y sacó una gran bola de sebo del que habÃa en el interior.
184 Untándolo con sebo y calentándolo en la lumbre, fueron probando el arco todos los jóvenes; mas no consiguieron tenderlo, porque les faltaba gran parte de la fuerza que para ello se requerÃa.
186 Y ya sólo quedaban sin probarlo AntÃnoo y el deiforme EurÃmaco que eran los prÃncipes entre los pretendientes y a todos superaban por su fuerza.