La Odisea

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371 Dicho esto, partió Atenea la de los ojos de lechuza, cual si fuese águila; y pasmáronse todos al contemplarlo. Admiróse también el anciano cuando lo vio con sus propios ojos y, asiendo de la mano a Telémaco, pronunció estas palabras:

375 —¡Amigo! No temo qué, ya que de tan joven te acompañan y guían los propios dioses. Pues esa deidad no es otra, de la que poseen olímpicas moradas, que la hija de Zeus, la gloriosísima Tritogenea, la que también honraba a tu esforzado padre entre los argivo. Mas tu, oh reina, sénos propicia y danos gloria ilustre a mi, a mis hijos, y a mi venerable consorte; y te sacrificaré una novilla añal de espaciosa frente, que jamás hombre alguno haya domado ni uncido al yugo, inmolándola en tu honor después de verter oro alrededor de sus cuernos.

385 Así dijo rogando, y le oyó Palas Atenea. Néstor, el caballero gerenio, se puso al frente de sus hijos y de sus yernos, y con ellos se encaminó al hermoso palacio. Tan pronto como llegaron a la ínclita morada del rey, sentáronse por orden en sillas y sillones. De allí a poco mezclábales el viejo una cratera de dulce vino el cual había estado once años en una tinaja que abrió, la despensera; mezclábalo, pues, el anciano y, haciendo libaciones, rogaba fervientemente a la hija de Zeus, que lleva la égida.


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