La Odisea

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611 —¡Hijo querido! Bien se muestra en lo que hablas la noble sangre de que procedes. Cambiaré el regalo, ya que puedo hacerlo, y de cuantas cosas se guardan en mi palacio voy a darte la más bella y preciosa. Te haré el presente de una cratera labrada, toda de plata con los bordes de oro, que es obra de Hefesto y diómela el héroe Fédimo rey de los sidonios, cuando me acogió en su casa al volver yo a la mía. Tal es lo que deseo regalarte.

620 Así éstos conversaban. Los convidados fueron llegando a la mansión del divino rey: unos traían ovejas, otros confortante vino; y sus esposas, que llevaban hermosas cintas, enviáronles el pan. De tal suerte se ocupaban, dentro del palacio, en preparar la comida.

625 Mientras tanto solazábanse los pretendientes ante el palacio de Odiseo, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento donde acostumbraban ejecutar sus insolentes acciones. Antínoo estaba sentado y también el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes de los pretendientes y sobre todos descollaban por su bravura. Y fue a buscarlos Noemón, hijo de Fronio; el cual, dirigiéndose a Antínoo, interrogóle con estas palabras:

632 —¡Antínoo! ¿Sabemos, por ventura, cuándo Telémaco volverá de la arenosa Pilos? Se fue en mi nave y ahora la necesito para ir a la vasta Elide, que allí tengo doce yeguas de vientre y sufridos mulos aún sin desbravar, y traería alguno de estos para domarlo.


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