El hombre que rie
El hombre que rie En medio de su creciente preocupación, el doctor pasó una especie de revista a la situación, y quien hubiese estado junto a él, habrÃale podido decir:
—Demasiado balance y poco cabeceo.
Y dominado por el obscuro trabajo de su imaginación, volvió a hundirse en su pensamiento como se hunde un minero en un pozo. Esta meditación no excluÃa la observación del mar. El mar observado es una meditación.
El sombrÃo suplicio de las aguas, eternamente atormentadas, iba a empezar. De todas aquellas olas salÃa un lamento. En la inmensidad hacÃanse preparativos confusamente lúgubres. El doctor contemplaba lo que tenÃa ante los ojos, y no perdÃa ni un solo detalle. Por lo demás, en su mirada no habÃa contemplación alguna. No se contempla el infierno.
Una vasta conmoción medio latente aun, pero transparente ya en la perturbación del espacio, acentuaba y agravaba cada vez más el viento, los vapores, las oleadas. Nada hay tan lógico ni parece tan absurdo como el Océano. Esta dispersión de sà mismo, es inherente a su soberanÃa, y es uno de los elementos de su amplitud. La ola se ata sólo para desatarse. Una de sus vertientes ataca, la otra se defiende. No hay visión parecida a las olas.